EL SÍNDROME DEL ÚLTIMO TREN

¿En qué consiste el síndrome del último tren?
Quienes lo sufren son en el 90% de los casos hombres de 40 a 65 años. Él le dice a su mujer: “Te quiero mucho, pero no estoy enamorado de ti; no quiero hacerte daño, pero quiero ser sincero contigo; me he dado cuenta que necesito aire fresco en mi vida afectiva…”.

¿Y por qué aparece este síndrome?
En muchos casos porque la persona se ve presa de lo que yo he llamado “amores eólicos”. Eolo es el dios de los vientos. Los amores eólicos brotan de vientos afectivos incontrolados, que nacen sin gobierno. Hay en ellos exploración, atrevimiento, capricho, deseo de bucear en las aguas de una persona que anda por ahí cerca sin más limitación que las que imponga el guión sobre la marcha. Quien se deja llevar por estos vientos ha servido su propio drama.

En su libro usted afirma que el pronóstico del síndrome del último tren no es bueno, ¿por qué?

Porque detrás hay mucho: incultura sentimental, fondo cínico, subjetivismo que hace imposible el diálogo, una sociedad sin vínculos afectivos donde toda relación tiene fecha de caducidad y el compromiso es vivido como prisión. Además del contagio psicológico de piruetas parecidas en personas que suenan en la TV y en las revistas del corazón.

¿A qué se refiere al hablar de incultura sentimental?
Difícilmente una persona podrá alcanzar la madurez si no ha aprendido la cultura de los sentimientos, pero vivimos una época de intensa incultura sentimental  y eso se nota: infelicidad, falta de expectativas, consumo de sucedáneos sentimentales, amores ficticios y programados, rupturas traumáticas… Una persona educada en este sentido es más sólida y puede expresar su interioridad de un modo más firme y sincero. Lo contrario la vuelve cínica.

Sorprende la dureza con que usted se refiere al cinismo.
– En mi libro afirmo que cuando uno ha padecido a un cínico las palabras se quedan cortas. Cínico es quien intenta dar apariencia de bien a lo que está claramente mal: dejar a su mujer por otra más joven, por ejemplo. Es un sujeto que carece de escrúpulos, hábil, con desfachatez. No es fácil descubrirlo, porque con frecuencia intenta dar lecciones de ética, proyectando una apariencia de persona templada y equitativa.

Usted asocia estos síndromes en mayor medida a los hombres.
– Sí, porque el hombre en Occidente es menos maduro en la afectividad que la mujer y de ahí que sus relaciones sentimentales puedan romperse más fácilmente: al hombre le pierde la vanidad, cae por el halago y la valoración de otra persona. La mujer, en cambio, necesita ser querida, considerada y tratada con verdadero afecto. El hombre finge amor buscando sexo; la mujer finge sexo buscando amor.

Resulta contradictorio que una generación que proclama haberse liberado de los tabúes sufra tanto desafecto.

Ocurre que la proliferación de una forma de deseo sexual carente de amor se ha traducido en una desorientación afectiva intensa para muchas personas. La pareja moderna es frágil, pues su sustrato es el deseo de pasarlo bien y disfrutar y si no, adiós. Se está predispuesto a la ruptura. Todo esto repercute en el ánimo del ser humano que se siente infeliz a pesar de tener todos sus deseos cubiertos.

Es decir, es un eterno insatisfecho.
Sí, hoy asistimos a una socialización de la inmadurez. La nuestra es una sociedad movida, regida y vertebrada sobre la filosofía del “me apetece”. Todo descansa sobre un concepto emergente: la autenticidad. La palabra compromiso, deberes y obligaciones, suenan rancias. Pero una persona auténtica es coherente, insobornable. El error está en que se confunde al auténtico con alguien abierto a probar todo lo inédito. Eso no es auténtico, es inestable.

Todo esto suena desolador, ¿hay salida?
El libro Los lenguajes del deseo no es un libro pesimista porque toda la tesis arranca de un hecho positivo: el deseo puede educarse y la felicidad consiste en la administración inteligente del deseo.

En concreto, ¿cómo se educa el deseo?
Educar es convertir a alguien en persona. Etimológicamente significa “acompañar” y “extraer”, pero es algo más: entusiasmar con valores,  seducir con lo excelente. Es comunicar conocimientos y también promover actitudes. Es la adición de informar y formar. En este sentido es difícil educar los deseos de otro sin cautivar con la ejemplaridad.

¿Qué ejemplos destacaría usted?
Admiro a quien sabe transmitir la alegría de tener un amor auténtico y a quien manifiesta su voluntad de defender ese amor a capa y espada, contra la presión social que asegura que romperlo es normal y que no pasa nada  tan dramático cuando ocurre.

Precisamente porque en esta época el mensaje es “sigue tus deseos”, ¿lo han acusado de instar a la represión?
No, porque yo aclaro que existe una gran diferencia entre los impulsos y los deseos. La impulsividad es más propia de la infancia y la adolescencia, pero una persona madura puede postergar los deseos en vista a un bien mayor. En todo caso, existen muchos tipos de deseos además del sexual: estéticos, sociales, culturales, espirituales…Y sin duda el hombre moderno ha reprimido los deseos espirituales más que ningún otro. Por miedo a parecer anticuado, reprime su deseo de Dios. Lo que yo afirmo es que educar sentimentalmente es enseñar a conseguir una mayor armonía entre la inteligencia, la afectividad y la motivación. Es dar visión de futuro y sentido de la vida.

http://www.enriquerojas.com/ficha_entrevistas.asp?id=11

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